Una niña aparece en la pantalla. En el suelo hay varios frascos con etiquetas. La cámara se acerca y de esta forma te enteras de que, en cada recipiente, la pequeña introduce olores, fragmentos de mundo y así, poco a poquito, los ordena. Por ejemplo, en el envase que dice mamá, pone plantas, cremas o cualquier objeto que le recuerde al aroma de su madre. 

 La película es Cinco diablos, de Léa Mysius. Una cinta donde la protagonista es la mirada de una niña que trata de entender sus herencias familiares, el racismo y la imposibilidad de cambiar el pasado. Es un largometraje que señala el adultocentrismo y la incapacidad que hay en el mundo adulto para abrirse a percibir otras realidades.  

 Entendamos, primero, al adultocentrismo como “la corriente hegemónica en la que se mueve una sociedad centrada en las necesidades e intereses de las personas adultas; de esta manera, se subordina a las personas que no encajan en el modelo, como son la infancia, la adolescencia e incluso la tercera edad”. Esto, de acuerdo con la académica Patricia Collado Vicente. 

 Para Tania Ramírez y Rebeca Aguayo, que forman parte de la Red por los Derechos de la Infancia en México (REDIM) ―aliadas de Arropa, de Fundación Avina―, es muy importante volver a los saberes de las infancias y adolescencias y aprender de su manera especial de estar en el mundo.   

“El adultocentrismo es una forma de organizar la sociedad, pero también es una forma de opresión. Y si es una manera de opresión es porque le resulta funcional a alguienes. Las infancias y adolescencias son la tercera parte de la humanidad y re-dignificarles pasa por entender que, si en todo lo que hacemos no contemplamos a la niñez, es como quitarnos un tercio de la mirada”, explica Tania. 

Tania Ramírez

Tania Ramírez

Al respecto, en su artículo Adultocentrismo y juventud: Aproximaciones foucaulteanas,Jorge Daniel Vásquez asegura que “otro aspecto del poder adultocéntrico es que éste supone una racionalidad que en sentido foucaulteano refiere al modo en que funcionan una serie de prácticas históricas. Esta racionalidad pretende convertir en objeto a la realidad humana, haciendo de la juventud una cosa que puede ser medida, controlada y manipulada, puesto que en ella no se reconoce a un interlocutor-sujeto”.  

 Esto significa, entre otras cosas, que los grupos fuera de la “adultez” son considerados, sobre todo, como objetos de estudio dispuestos para ser domesticados. Sobre el tema, Rebeca añade: “En estas estructuras de dominación, las niñeces y adolescencias no han sido reconocidas como personas, algo tan sencillo y humano, pero tan complejo que genera una serie de discriminaciones y violencias en contra de su dignidad. Se piensa que por una condición biológica no son capaces de muchas cosas que se colocan en el mundo adulto, como percibir u opinar. Si conociéramos su mundo, nos abriríamos a la posibilidad de pensar y sentir de formas insospechadas”.  

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 Tania recuerda que, a través de Arropa, REDIM adquirió un compromiso con la niñez trabajadora y su dignificación. Por ello, en su informe La infancia cuenta en México. Desde y para niñas, niños y adolescentes. Trabajo infantil 2021, la Red resalta una serie de circunstancias que es importante tomar en cuenta al mirar esta problemática. Según Tania, se trata de algo que va más allá del prohibicionismo, ya que hay que mirar las diferentes y complejas aristas contextuales de niñas, niños y adolescentes trabajadores.  

En este informe se evidencia que las actividades laborales de niñas, niños y adolescentes “se debe a la pobreza y que la solución tiene que ver con la economía y la educación”. Sobre esto, Diego, de 16 años, uno de los infantes entrevistados para este documento, sostiene: “Sí, es muy común esto, que por falta de dinero manden a los niños para trabajar. Ya sea para pagar sus estudios o porque te dicen ´no, ya con lo que ganes, ya vas a ayudar aquí en la casa, ya no vas a estudiar´. Sí está muy… pues muy fuerte ese tema, ¿no?”. 

 Asimismo, se resalta que más de un millón de infancias realizan actividades peligrosas. Es relevante tomar en cuenta que hay algunas actividades más arriesgadas que otras y, especialmente, que muchas de estas dejan de ser nombradas como trabajo y se reconocen como explotación. 

 Justamente para evitar la explotación y el abuso a las infancias, algunos de los niños, niñas y adolescentes entrevistados proponen:  

  • “Que le pongan atención a los niños para que les crean. Casi no le ponen atención a los pobres, que las autoridades también les pongan atención”. (Dante, 5 años, Puebla). 
  • “Que se atiendan las necesidades básicas, una vivienda, alimentación, salud, educación y las oportunidades de empleo”. (Karen, 11 años, Puebla).  
  • “Yo creo que, si algo hace el gobierno, que aumente más la paga de los niños, así como comentaban [las compañeras] de Código F, a veces no les pagan bien, los humillan por unos 50, 100 pesos que no los valen. Pues, si me escucharan, pedirles que le suban un poco más el sueldo, para así sacar los sueños, tanto como ellos, como yo”. (Rubisel, 13 años, Chiapas). 

 Estos datos, sumados a los testimonios recogidos, dejan clara la urgencia de hacer sonar las voces de las infancias, quienes tienen muchas ideas por compartir para mejorar su situación.  

 Para REDIM, lo más relevante al tratarse de infancias y adolescencias trabajadoras es escuchar sus experiencias, tomar en cuenta sus peticiones y analizar la situación específica de cada infante, así como mirarles desde un lugar digno donde ellas y ellos tienen toda la capacidad para, en colaboración con las instituciones pertinentes, construir estrategias colectivas que solucionen las complicaciones que atraviesan.  

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 Ante la explotación y la violencia, hablar de infancias y adolescencias implica sumergirse también en un dolor profundo, que fractura todas las barreras del mundo adulto, capaz de paralizar a quien se atreva a asomarse en él. 

 Tania ve al dolor en dos partes: “Primero está el sufrimiento que nos deja trabajar con los padecimientos de las niñas y niños. Lo pienso por aquellos dolores que terminan con sus vidas. Dolores tan grandes que no dan tiempo para gestionarlos en años posteriores, como en la vida adulta. Y otros dolores que sí pueden contar, dolores que también están llenos de muchos aprendizajes, como los de las infancias buscadoras”. 

 Para la también dirigente de REDIM, es necesario acercarse a las dolencias en la infancia sin conmiseraciones, sin devolverles a un lugar de inferioridad o revictimización: “Tiene que ser un reconocimiento del dolor que eleves a la propia altura de tu corazón”. 

 Sobre el shock de acompañar estas historias de tristeza y rabia, Rebeca narra: “Acá en Guanajuato nos tocó acompañar el caso de la Ciudad de los niños, muy parecido al de Mamá Rosa, muy fuerte, y fue el primer choque de una violencia tan severa que terminé en terapia. Entonces me pregunto: ¿Por qué el mundo no se está indignando por esto? ¿Por qué la sociedad es tan indiferente a estas situaciones? ¿Para dónde le damos? Sabemos que México tiene el primer lugar en América Latina referente a la violencia sexual en contra de niñas, niños y adolescentes, pero son narrativas que se han instalado en el plano de la normalidad. Ya nadie se sorprende y eso es muy frustrante”. 

Rebeca Aguayo

Rebeca Aguayo

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El 9 de febrero de 2024 se cumplieron dos años del asesinato de Ángel Moreno, un adolescente de 14 años que residía en el DIF Fabriles, de Nuevo León, donde fue brutalmente golpeado hasta la muerte por uno de sus cuidadores. 

 En un comunicado de prensa, REDIM afirmó: “El caso de Ángel Moreno es un llamado a la acción para todas y todos nosotros. Es imperativo que los organismos internacionales de derechos humanos pongan su atención en este caso, no sólo como un recordatorio del costo humano de la violencia e impunidad que sufren las personas infantes y adolescentes en los centros de asistencia, sino también como un caso paradigmático de la urgente necesidad del cumplimiento de la ley y una cultura de responsabilidad en el sistema de protección infantil.” 

 Tania trae el tema a la conversación y sentencia: “Ángel Moreno murió porque lo golpeó hasta el final un adulto que debía cuidarlo, una persona de las instituciones públicas… Pero si un país no baja media asta de su bandera por estas historias, es que no estamos entendiendo nada, que ya no somos capaces de condolernos por nada” 

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Niñas que fueron desaparecidas. 

Niños que crecen en soledad porque sus mamás buscan a sus hermanos. 

Adolescentes abriendo fosas. 

Desaparecer y buscar: dos palabras que ya tienen un sentido otro en México, 

nombres de un dolor hondo, desolado, infinito. 

 Estas líneas se leen en el informe La infancia cuenta en México 2022. Niñez y desapariciones, un trabajo profundo y desgarrador donde REDIM denuncia la situación crítica de violencia que atraviesa el país y que, desafortunadamente, también alcanza a las infancias y adolescencias. 

 La desaparición, una de nuestras grandes crisis, es un hecho que afecta a niñas, niños y adolescentes mediante dos principales vertientes: primero, como víctimas directas, pues cada día en México desaparecen 14 niñas, niños y adolescentes (uno cada dos horas); y, por otro lado, se encuentran las infancias buscadoras, que forman parte de algunas de las 100 mil familias golpeadas por la desaparición forzada. 

 En este informe, Fernando, un niño buscador entrevistado por REDIM, asegura que: “[Los niños] pueden ayudar porque son más ágiles. Tienen la facilidad de subir un cerro más fácil que los adultos. Y pueden cargar cosas, pero no tan pesadas, pueden cargar como una pala o un pico, en eso pueden ayudar”.  

 Con estas palabras, Fernando hace un retrato cruel de la realidad; de una cotidianidad que va más allá de la visión simplificada que el adultocentrismo hace de las infancias; de un día a día donde niñas y niños salen de sus casas para escarbar en algunas de los cientos de fosas clandestinas que inundan el país.  

 Al respecto, Rebeca comparte: “Al mirar su dolor, las historias que viven, también es necesario reconocerlos como niñas, niños y adolescentes, activas y activos, que hacen y movilizan sus recursos para hacer frente a esas tristezas.  Y eso es una gran potencia”.  

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 Rebeca se queda en silencio un momento y piensa en las alternativas que habitan en la infancia. Ella asegura que “el mundo y la existencia ya no puede ser posible sin la mirada de niñas, niños y adolescentes. Es como los lentes violetas, una vez que se instalan abren un montón de potencialidades muy chidas; te permiten mirar cosas que escapan de nuestra realidad, porque nosotras las personas adultas habitamos la vida desde otros lugares, y ellas y ellos nos dan otra posibilidad de existencia”. 

 Tanto Tania, como Rebeca, opinan que las infancias “le sueltan una cachetada” al mundo adulto, pues los prejuicios que generan guerras y desigualdades son constructos de la vida social y política adulta. Contrario a lo que nos han contado, somos nosotras, nosotros, nosotres, quienes tenemos mucho que aprender de las personas infantes. 

“Mi mundo se amplía cuando niños y niñas están cerca y cuando les escucho. Puedo viajar a lugares que no estaban en mi lista y que resultan maravillosos”, concluye Tania.